En un país donde la violencia, la discriminación y el borrado histórico siguen marcando la vida de las personas LGBTIQ+, construir memoria no es un lujo académico ni un gesto simbólico, es un acto político de resistencia.

La invitación lanzada por el activista gay Juan Jacobo Hernández, una de las figuras precursoras del movimiento LGBTIQ+ en México, para crear el primer Atlas Histórico de los Movimientos de Liberación Homosexual y LGBTTTIQ en México, representa mucho más que una convocatoria cultural. Es, en realidad, una interpelación directa a los estados de la República, a las colectivas, organizaciones, liderazgos y activistas que durante décadas han sostenido la lucha desde lo local, muchas veces en condiciones de abandono, precariedad y riesgo.

Hernández lo dijo con claridad en sus redes sociales: el ritmo feroz de las plataformas digitales provoca que información valiosa pase desapercibida incluso para nuestras propias comunidades. Y tiene razón. En la era de la sobreinformación, lo urgente desplaza a lo importante, y muchas veces las historias de resistencia quedan enterradas entre tendencias efímeras, escándalos mediáticos y algoritmos que no están diseñados para preservar la memoria de quienes han luchado desde abajo.

Por eso esta iniciativa, impulsada en coordinación con Colectivo Sol y Yaaj México, merece ser leída en su justa dimensión: como una herramienta de justicia histórica.

La memoria también es un territorio en disputa

Durante años, la historia del movimiento LGBTIQ+ en México ha sido contada de forma centralista, fragmentada y, en muchos casos, profundamente excluyente. Se suele hablar de ciertos nombres, de ciertas ciudades, de ciertos momentos, mientras se invisibiliza el trabajo de activistas, organizaciones y colectivxs que han resistido en estados donde salir del clóset, organizarse o simplemente existir públicamente puede costar la vida.

Ese es uno de los grandes valores políticos de este Atlas: romper con la lógica de que la historia disidente solo ocurre en la capital o en los grandes reflectores. No. La historia también se escribió y se sigue escribiendo en los márgenes, en las periferias, en las plazas pequeñas, en los bares clandestinos, en los hogares convertidos en refugio, en los talleres comunitarios, en las marchas improvisadas, en los expedientes olvidados y en las voces de quienes nunca fueron entrevistadxs por la prensa oficial.

Construir carpetas estatales que documenten testimonios, biografías, fotografías, recortes de prensa, ilustraciones, carteles, boletines y materiales audiovisuales no solo es recopilar archivos. Es disputar el relato nacional. Es decirle a México que nuestras vidas, nuestras luchas y nuestras genealogías también forman parte de la historia política, social y cultural del país.

Sin memoria no hay movimiento; sin archivo no hay justicia

Hay algo profundamente poderoso en esta convocatoria: su apuesta por la autoría colectiva. No se trata de que una institución venga a “rescatar” la historia de las disidencias. Se trata de que las propias comunidades la narren, la organicen, la documenten y la defiendan.

Eso cambia todo.

Porque cuando las comunidades producen su propia memoria, dejan de ser objeto de estudio para convertirse en sujetas políticas de la historia. Y eso incomoda. Incomoda a quienes prefieren una diversidad domesticada, despolitizada y comercializable. Incomoda a quienes aplauden la bandera arcoíris en junio, pero guardan silencio ante los crímenes de odio, la expulsión escolar, la discriminación laboral, la transfobia institucional y el abandono sanitario.

Un Atlas de esta magnitud también puede convertirse en una herramienta invaluable para futuras generaciones: para estudiantes, investigadorxs, periodistas, defensorxs de derechos humanos, organizaciones sociales y para las propias juventudes LGBTIQ+ que necesitan saber que no empezaron de cero, que antes de ellxs hubo otras cuerpas, otras rabias, otras ternuras, otras batallas.

Porque uno de los efectos más crueles del sistema es hacernos sentir aisladas, aislados, aislades, como si nuestras luchas fueran nuevas o individuales. Y no lo son. Venimos de una larga historia de insumisión.

Un llamado a los estados: participar también es un deber político

La convocatoria no debe verse como una invitación decorativa. Es un llamado urgente a la responsabilidad histórica de los estados, de sus activismos y de sus liderazgos. Quedarse fuera de este esfuerzo sería permitir que el vacío siga hablando por nosotrxs.

Cada estado tiene historias que contar. Cada entidad tiene nombres, fechas, luchas, duelos, victorias, marchas, rupturas, redes de apoyo y procesos organizativos que merecen ser preservados. Incluso allí donde el movimiento ha sido pequeño, disperso o perseguido, existe una memoria que vale oro.

Y hay que decirlo con toda claridad: la memoria LGBTIQ+ no debe depender de la buena voluntad del Estado mexicano, un Estado que históricamente ha sido cómplice del silenciamiento, la criminalización y la exclusión de nuestras comunidades. Por eso estos ejercicios autónomos, comunitarios y articulados con sociedad civil son tan importantes. Porque surgen de la urgencia de no dejar que otros hablen por nosotrxs ni decidan qué fragmentos de nuestra historia son “dignos” de ser recordados.

Recordar es resistir

La insistencia de Juan Jacobo Hernández en volver a compartir esta información no es casualidad. Es, de hecho, una forma de militancia. Insistir también es luchar. Recordar también es organizar. Convocar también es abrir futuro.

En tiempos donde el odio se recicla con nuevos discursos, donde los sectores antiderechos quieren borrar nuestras existencias del espacio público y donde la violencia sigue cobrando vidas, impulsar un Atlas Histórico del movimiento LGBTIQ+ en México es una manera de responder con profundidad, con dignidad y con visión colectiva.

Porque la memoria no solo sirve para mirar atrás. Sirve para defender el presente y para disputar el porvenir.

Hoy más que nunca, México necesita un mapa de sus resistencias sexodiversas. Un mapa hecho por quienes han puesto el cuerpo, la palabra y la esperanza. Un mapa que nombre a quienes abrieron camino y a quienes hoy siguen sosteniendo la lucha en cada rincón del país.

Pueden enviar sus aportes al los correos oficiales que la convocatoria proporcionó; correos electrónicos juanjacobo.hernandez@gmail.com yaajmexico@gmail.com

Que nadie diga después que no había historia.
Que nadie diga que no existíamos.
Que nadie se atreva a borrarnos otra vez.

por Jazz Bustamante

Jazz Bustamante es una mujer transgenero Mexicana radicada en Canada, activista social en temas de sexualidad,Género,Medio ambiente,periodista digital,fue servidora publica estatal y nacional,impulsora de las causales agravantes en los crimenes de odio en veracruz y la republica,actualmente colabora con algunas organizaciones LGBTIQ+ y migrantes en Canadá.

2 comentario en “El Atlas LGBTIQ+ que México nos debe: memoria, lucha y justicia para nuestras historias”
  1. Hola, luché en los años 80 desde mi principal Alma Mater, la Escuela Nacional de Música de la UNAM, hoy en día convertida en Facultad de Música. Organicé mesas redondas, conversatorios y conciertos. Es na institución mayoritariamente de derecha, comenzando por las mismas personas de la diversidad – tanto académicos como estudiantes. En aquel entonces, eramos unos cuantos estudiantes los que nos manifestábamos en el mes del orgullo. Al menos a mi, me costó denostaciones, injurias y amenzas de parte, principalmente de las autoridades. Hice tres «afrentas» hacia la institución: impulsar el fútbol, el jazz y las manifestaciones LGBT+. Saludos.
    Arturo Valadez

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