Después de más de cuatro años de lucha, resistencia y desgaste institucional, la activista trans y trabajadora sexual Natalia Lane obtuvo este 13 de abril un fallo condenatorio contra Alejandro “N”, señalado por el ataque que intentó arrebatarle la vida en enero de 2022 en la Ciudad de México. La resolución marca un hecho de enorme peso político y jurídico dentro de los activismos de las poblaciones trans y no binarie, el caso ha sido presentado como un precedente histórico en la búsqueda de justicia para mujeres trans sobrevivientes de violencia extrema.

No se trata solamente de una resolución judicial. Se trata también de la ruptura, aunque sea parcial, de una vieja maquinaria de impunidad que durante décadas ha tratado las vidas trans, y en particular las de las trabajadoras sexuales trans, como vidas prescindibles y desechables. Al salir de la audiencia en el Reclusorio Sur, Natalia Lane dijo que ese día se devolvió “un poquito de justicia” a quienes ya no están. Esa frase resume bien la dimensión colectiva del caso: no es sólo Natalia contra su agresor, es una sobreviviente enfrentando a un sistema que históricamente ha fallado a las suyas.

La propia cobertura del caso recuerda que el ataque ocurrió la madrugada del 16 de enero de 2022, cuando Natalia resultó herida con arma blanca en la cara, la nuca y una mano dentro de un hotel en la Ciudad de México. La Fiscalía capitalina abrió entonces una carpeta por feminicidio en grado de tentativa y lesiones, pero llegar a este momento no fue resultado de una justicia ágil ni ejemplar, sino de una insistencia feroz por parte de la víctima y de quienes la acompañaron. 

Eso es justamente lo que Natalia había denunciado en los días previos, y durante todos estos años después del atentado: que su proceso no podía leerse como una historia limpia de acceso a la justicia, sino como cuatro años de omisiones, revictimización y criminalización. el juicio oral no fue una concesión del sistema, sino el resultado de negarse a permitir que su carpeta quedará enterrada por la burocracia de la impunidad. También denunció que el desgaste del proceso castiga especialmente a las sobrevivientes pobres, trans y trabajadoras sexuales, para quienes “descansar” o soltar el caso puede significar su archivo o abandono del caso.

Lo que Natalia publicó en redes antes del fallo deja ver con crudeza esa otra violencia, menos visible pero igual de brutal: la persecución posterior al ataque. En su propio recuento público señaló que durante estos años enfrentó amenazas, acoso, hostigamiento en redes y denuncias penales impulsadas desde el entorno de su agresor. donde logramos ver incluso grupos de mujeres trans de ciudad de méxico pagadas por la agrupación que defendia a su agresor , todo con tal de llevarla a desistir del proceso, Esa criminalización contra una mujer trans sobreviviente y defensora no es un hecho lateral: es una forma de castigo ejemplar para quienes se atreven a denunciar, exigir justicia y sostener activismo desde los márgenes. En México, demasiadas veces no basta con sobrevivir; además hay que resistir la revancha del sistema y de quienes lo manipulan.

Por eso este fallo importa. Importa porque confronta la costumbre institucional de minimizar las agresiones contra mujeres trans y las disidencias sexuales en general. Importa porque exhibe que la justicia, cuando llega, llega tarde y a empujones. E importa porque coloca en el centro una verdad incómoda: las sobrevivientes trans y las trabajadoras sexuales han tenido que arrancarle cada avance a estructuras que las sospechan, las estigmatizan y muchas veces las abandonan. La CNDH ya había condenado desde 2022 las agresiones cometidas contra Natalia Lane y llamado a garantizar condiciones seguras para su labor como defensora de derechos humanos; aun así, el camino hasta este fallo fue muy largo, hostil y profundamente traumatizante para su salud mental.

También hay que decirlo fuertemente el fallo condenatorio no significa justicia plena. De acuerdo con la información publicada este mismo día, todavía está pendiente la definición de la sentencia y la reparación del daño. La propia Natalia ha insistido en que esa reparación no debe reducirse a lo económico, sino incluir garantías reales para que las carpetas de investigación de mujeres trans y trabajadoras sexuales no vuelvan a ser archivadas entre el desinterés como es de costumbre, el prejuicio y la negligencia municipal, estatal y nacional.

Lo conseguido hoy no borra la violencia vivida ni repara por sí mismo todo el tiempo perdido para Natalia . Pero sí rompe una inercia de impunidad muy pequeña que parecía intocable. Y eso, en un país como mexico con alto indices de impunidad y donde la violencia contra personas trans sigue marcando vidas y territorios, tiene una potencia enorme. La resolución a favor de Natalia Lane no debe ser tratada como una excepción extraordinaria para celebrar un día y olvidar al siguiente, sino como un llamado urgente a transformar fiscalías, juzgados y políticas públicas que siguen llegando tarde para las personas trans.

La pregunta de fondo seguirá estando abierta: ¿cuántas sobrevivientes más tendrán que jugarse la vida, la salud mental y la estabilidad económica para conseguir apenas un mínimo de justicia? Hoy Natalia Lane abrió una grieta en el muro. Que esa grieta se vuelva precedente, protección y verdad para otras, pero ahora depende de que la presión social de las putas, de las activistas de a pie y las periferias no se suelte y de que el Estado deje de administrar la dignidad de las trans como si fuera una inalcanzable concesión.

Fuentes redes sociales de Natalia y grupos de whatsapp, fotografía tomada de las redes de Natalia).

por Jazz Bustamante

Jazz Bustamante es una mujer transgenero Mexicana radicada en Canada, activista social en temas de sexualidad,Género,Medio ambiente,periodista digital,fue servidora publica estatal y nacional,impulsora de las causales agravantes en los crimenes de odio en veracruz y la republica,actualmente colabora con algunas organizaciones LGBTIQ+ y migrantes en Canadá.

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