Irónicamente, el chisme es una de las formas más básicas de aprendizaje social.
Alguien llega y dice: “¿Ya viste lo que hizo fulanita?”. Entonces otra persona agrega: “Pues yo escuché otra cosa”. Alguien más cuenta que su prima conoce a la persona involucrada y tiene una versión completamente distinta. En cinco minutos ya tenemos una historia con protagonistas, villanos, contexto, opiniones, interpretaciones y, por supuesto, un montón de conclusiones que nadie nos pidió.
El chisme funciona así desde hace muchísimo tiempo. Observamos a otras personas, contamos lo que hacen, interpretamos sus decisiones y aprendemos, incluso de manera indirecta, qué cosas son aceptadas y cuáles pueden meternos en problemas. Construimos una moral social.
El asunto es que ahora tenemos una máquina gigantesca para hacer eso.
Se llama internet.
Y particularmente las redes sociales.
Antes, para enterarnos de que alguien había terminado una relación, cambiado de trabajo, tenido una pelea o hecho el ridículo en una fiesta, necesitábamos coincidir con alguien que hubiera estado ahí. Salir, convivir.
Hoy basta con abrir el celular.
Podemos saber quién terminó con quién, quién se fue de viaje, quién consiguió trabajo, quién se casó, quién está triste, quién está feliz, quién compró una casa, quién se compró un cuerpo nuevo, quién inició en el gimnasio y hasta quién decidió desayunar huevos con aguacate a las siete de la mañana, sin veracidad alguna de que esto sea como lo estamos viendo en redes.
Sin certezas, veracidades, ¿podemos conocer a alguien por sus perfiles? ¿o sólo podemos crear el mito a través de lo que vemos y lo que somos cuándo estamos enjuiciando lo que vemos?
Y la pregunta principal ¿por qué observar a los demás también nos enseña a observarnos?
Construimos la idea de intentar no ser vulnerables ante el otro para que este mundo no abuse de nuestra alteridad, protegerse del otro construye barreras insoldables para quién decide que el otro es un peligro. A través de esa intensa observación situada en la constancia de la sospecha se construyen transversalizando teorías sociales-filosóficas-antropológicas-psicológicas, términos como el panóptico.
Entonces, ¿qué es el panóptico?
Sin sufrir una clase de teoría social a las diez de la mañana, el concepto del panóptico está relacionado con Michel Foucault, filósofo francés que murió en 1984 y que estudió, entre muchas otras cosas, cómo funcionan el poder, la vigilancia y la disciplina dentro de las sociedades.
Foucault retomó la idea del panóptico, originalmente planteada por Jeremy Bentham, como una estructura diseñada para que las personas pudieran sentirse observadas permanentemente, aunque no supieran exactamente cuándo alguien las estaba mirando.
No es una idea nueva, la misma se basa en le cristianismo con el mito de la omnipresencia de la observación de Dios, se traslada a la arquitectura con Jeremy que construye la idea de una cárcel vigilada entre todos los presos. Es la forma en la que está construida la estructura arquitectónica que hace posible trasladar su metáfora a las ciencias sociales.
La idea brillante en esto es la que dio éxito al dogma.
No necesitas que te estén vigilando todo el tiempo si ya aprendiste a comportarte como si te estuvieran vigilando.
Ese es el punto verdaderamente inquietante, imagina la paranoia que se desarrolla en las personas que han tenido una vida entera dentro de las redes sociales.
Ahora pensemos en Snapchat, Discord, Twich, Instagram, TikTok, Facebook o cualquier otra red.
No necesariamente hay una persona sentada detrás de una pantalla observándonos personalmente. Bueno, en este mundo ya no sabemos, pero imaginemos que no. Pensemos en que ya hay algo mucho más sofisticado: algoritmos, métricas, comentarios, likes, reproducciones, seguidores y una audiencia potencialmente enorme.
Entonces comencemos a preguntarnos:
¿Por qué todos quieren ser observadores?
¿Es tan grave la incapacidad de accionar?
¿Quién nos está viendo, por qué, para qué?
¿Realmente me importa que van a pensar?
¿Me van a criticar?
¿Me van a cancelar?
¿Me van a comparar?
¿Voy a parecer ridículx?
¿Y si nadie le da like, y si a nadie le gusto?
De pronto, generamos una oleada de miedo al rechazo que termina en la examinación de la otredad para infundir rechazo en los otros, no podemos ser humanes en paz, no podemos ser personas y rectificar, ningún chile les embona.
Ya no necesitamos que alguien nos diga que estamos siendo observades.
Nosotres mismes empezamos a vigilarnos. El chisme se convirtió en un algoritmo interno dispuesto a solo quedarse en el mismo feed.
Aquí hay una lección para entender que todos somos lo mismo.
El chisme tradicional podía quedarse en una mesa, una esquina, una cafetería o una comida familiar.
El chisme digital se convierte en contenido de masas, los demás están viviendo y nosotres nos volvemos un tipo “ quiero estar aquí viendo como viven y vivir a través de sus acciones”.
Y entonces sucede algo extraño que ya se está masificando: dejamos de vivir algunas experiencias solamente para nosotres y empezamos a vivirlas también como posibles relatos para una audiencia a la que le valemos tres hectáreas de chile.
Esto cambia nuestra relación con la experiencia. No estamos viviendo.
Porque una cosa es vivir algo y después contarlo, y otra es detener la experiencia, para grabarla y sobreactuarla para que quede grabado, ¿qué le pasa al sistema nervioso con tanta interrupción? Pos’ no procesa y almacena nuestras experiencias. Nuestra biología va muy lenta para lo que quisiéramos.
Otra muy distinta experiencia es comenzar a vivir pensando en cómo vamos a contarlo. Narrarse es natural, pero vivir para el guion, bueno ni Dios.
Ahí aparece una pregunta incómoda:
¿Cómo elijo que quiero vivir?
El miedo a equivocarnos frente a todo el mundo nos arroja miles de aristas para evaluar una experiencia y decidir si es una forma con suficientes beneficios a largo plazo como para vivirlo, y como te explico que no hay forma de saberlo, ¡tienes que vivirlo!
Quizá una de las consecuencias más curiosas de esta vigilancia permanente es que puede volvernos más conservadores, pasivos, quietos, como una bomba en espera de un descuido.
No necesariamente conservadores en términos políticos, sino en nuestra manera de experimentar la vida.
No queremos hacer el ridículo.
No queremos equivocarnos.
No queremos que nos vean intentando algo y fracasando.
No queremos subir una fotografía donde no nos veamos perfectes.
No queremos decir algo que después puedan utilizar en nuestra contra.
No queremos comenzar un proyecto hasta estar segures de que va a funcionar.
Y así, poco a poco, podemos terminar viviendo una vida bastante segura, pero también bastante pequeña.
Es curioso porque las redes sociales parecen vendernos exactamente lo contrario.
Nos dicen:
“Sé tú mismx”.
“Atrévete”.
“Viaja”.
“Emprende”.
“Cambia tu vida”.
“Haz cosas diferentes”.
Pero al mismo tiempo nos muestran miles de personas haciendo las mismas cosas de una manera aparentemente perfecta.
Y ahí aparece la enfermedad de la comparación.
La persona que queremos ser tiene que competir con cientos de personas que estamos viendo todos los días, competir con nuestras expectativas, las de los amigos, familia, etc.
El problema es que normalmente no estamos comparando nuestra vida completa con la vida completa de alguien más.
Estamos comparando nuestro detrás de cámaras con el aparente estreno cinematográfico de otra persona.
“Todos están avanzando menos yo”
Este sentimiento tiene incluso un nombre: FoMO, Fear of Missing Out, o miedo a quedarse fuera. Y fuera, está bien, ahí está lo real.
Y no es solamente una expresión de moda.
Un estudio realizado con adolescentes de escuelas de Guadalajara encontró asociaciones entre mayores niveles de FoMO y el uso frecuente de redes como Instagram y TikTok; quienes utilizaban redes sociales durante toda la semana presentaban niveles mayores de FoMO que quienes las utilizaban solamente los fines de semana.
Investigaciones recientes también han encontrado relaciones entre FoMO, comparación social, vigilancia constante de las redes y uso problemático de estas plataformas.
Y esto tiene sentido si pensamos en algo muy sencillo.
Abres Instagram.
Una persona está en la playa.
Otra consiguió trabajo.
Otra se casó.
Otra está embarazada.
Otra publicó su libro.
Otra abrió un restaurante.
Otra está haciendo ejercicio.
Otra acaba de viajar a Europa.
Otra parece tener una relación perfecta.
Y tú (yo) estás sentado en Comitán, Chiapas, con el café de ayer recalentándose en la cocina, pensando: “¡Qué hermosa es mi vida!” y no encajar en los principios de éxito de nadie.
El verdadero problema no es mirar a los demás
Observar a otras personas no es malo.
De hecho, aprendemos muchísimo observando.
Una criatura aprende a hablar escuchando a otras personas. Aprendemos comportamientos viendo cómo reaccionan quienes nos rodean. Aprendemos incluso qué posibilidades existen porque alguien más las hizo primero.
El problema aparece cuando la observación deja de ser inspiración y se convierte en una excusa.
El panóptico está dentro de nuestra cabeza.
Quizá por eso necesitamos recuperar algo que las redes, paradójicamente, podrían ayudarnos a recuperar: el derecho a ser principiantes.
Con café recalentado te deseo una hermosa experiencia de vida que te haga feliz.

